La mansión Montrose, aquel palacio que Valerius había convertido en un monumento a su ego, era ahora un cascarón vacío. Los tasadores se habían llevado hasta las alfombras, dejando tras de sí el eco de una grandeza que nunca fue real, sino robada de mis lágrimas.
Me quedé en mitad del salón vacío, respirando el polvo. Valerius y Lilit habían sido escoltados a una pequeña cabaña en los límites de la manada, un lugar destinado a los guerreros retirados, humillante para un hombre que hace una semana se creía más rico que un rey.
Saqué mi estuche de herramientas de obsidiana. Mis manos aún estaban marcadas por las cicatrices del asfalto, pero cuando mis dedos tocaron el metal negro, sentí una vibración eléctrica. El don de las perlas se había ido, pero el don de la sangre —la maestría de la forja— estaba más vivo que nunca.
—Creen que me han destruido —susurré a la oscuridad—. Pero no saben que un orfebre solo necesita fuego y presión para crear algo eterno.
Mientras tanto, en la cabaña d