Diez años después...
El piso 50 de la Torre Sterling no había cambiado mucho, pero el hombre que ocupaba el sillón principal sí. Alexander Sterling ahora lucía algunas canas elegantes en las sienes, reflejo de una década llena de retos, pero sus ojos ya no tenían esa frialdad de hielo seco. A su lado, en un marco de plata, una foto de su boda con Victoria y sus dos hijos pequeños confirmaba que la "fortaleza de la soledad" se había convertido en un hogar.
La puerta de la oficina se abrió sin previo aviso. Ya nadie llamaba; todos sabían quién era la única persona capaz de entrar sin cita previa.
—Llegas tarde a nuestra reunión de directorio, socia —dijo Alexander, sin levantar la vista de sus pantallas.
—La puntualidad es para los que no tienen una flota de transporte que supervisar, tío —respondió una voz juvenil, segura y cargada de un sarcasmo familiar.
Mila, ahora de diecisiete años, entró caminando con la misma elegancia soberbia de su infancia, pero con una presencia que intimida