Había pasado un año desde que la estatua de piedra de Valerius fue colocada en el patio de los traidores como una advertencia para todos los Alphas del reino. Mi vida en el Valle de las Sombras era ahora una sinfonía de martilleos constantes y el calor reconfortante de la fragua. Ya no era la Luna de nadie; era la Maestra de mi propio destino.
Caelum, quien se había convertido en mi aliado más leal y, con el tiempo, en algo mucho más profundo, entró en mi taller privado. Llevaba un informe sellado con el emblema de las minas de azufre del norte.
—Ha terminado, Aura —dijo con suavidad, dejando el papel sobre mi mesa de trabajo—. Lilit dio a luz hace dos lunas.
Dejé las pinzas de orfebre y lo miré. El embarazo mágico, forzado por el deseo de la tercera perla, siempre fue una bomba de tiempo.
—¿Y bien? —pregunté—. ¿Se cumplió el deseo de Valerius?
Caelum asintió con una mueca de ironía.
—El deseo pedía un hijo y una hija de su sangre, y que envejecieran juntos. La magia, como siempre, ti