Habían pasado tres semanas desde la "tormenta electromagnética" inventada por Mila. La mansión Sterling ya no estaba en silencio; ahora había música de jazz por las tardes, risas en el jardín y el aroma constante del café de Victoria. Sin embargo, Alexander caminaba por los pasillos con una ansiedad que ningún cierre de mercado le había provocado jamás.
Lo encontré en su despacho, mirando una pequeña caja de terciopelo azul marino.
—Es un riesgo, Elena —dijo sin mirarme—. El mercado del compromiso es volátil.
—Jefe, si aplica la lógica financiera al amor, va a terminar en bancarrota emocional —le respondí, ajustando unos documentos—. Pero si me pregunta mi opinión profesional: Victoria no está aquí por los cuadros, está aquí por usted.
—Necesitas un plan de cierre, tío Alex —la voz de Mila llegó desde la puerta. Estaba sentada en el suelo, rodeada de catálogos de joyería que claramente le había "robado" a mi escritorio—. He analizado las opciones. Si lo haces en una cena normal, es un