Volví a mi habitación con el eco de las palabras de la madre de Matías martillándome en la cabeza: “Él ya debió haberte contado, querida”. La frase era tan sencilla, tan cargada de naturalidad, y sin embargo, me atravesó como un cuchillo. Porque yo no sabía nada. No tenía idea de que Matías había regresado a Londres, ni del motivo, ni del tiempo que pensaba quedarse allá. Esa certeza me envolvió en una mezcla de vergüenza y enojo: ¿cómo era posible que todos supieran menos yo?
El chofer me dej