Capítulo 8

Los días sin Matías se hicieron eternos. La primera noche después de su partida apenas pude dormir, y las que siguieron no fueron mejores. La casa parecía un mausoleo: demasiado grande, demasiado silenciosa, con paredes que repetían mi nombre como si me recordaran que estaba sola. No había risas, no había pasos familiares, solo mi respiración agitada en la oscuridad.

Cada mañana despertaba con la esperanza absurda de recibir un mensaje de él, y cada vez que la pantalla de mi teléfono permanecía
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