Salí del hospital con una sensación punzante en el pecho. No era alivio ni claridad; era algo mucho más oscuro: una contradicción que no me dejaba respirar. La recepcionista, con toda seguridad, me había dicho que Sarah solo estaba registrada en consultas simples, sin ningún ingreso hospitalario. Y sin embargo, un par de minutos después, un doctor apareció, con voz grave y gesto paternal, asegurando que ella había sufrido un accidente, que había estado internada por semanas y que h