Capítulo 102

La madrugada fue una prisión sin barrotes. Apenas había cerrado los ojos cuando volvía a abrirlos con el corazón galopando, como si lo escuchara todavía respirando cerca de mí, como si las paredes de mi habitación guardaran ecos de su furia. Cada sombra que se proyectaba en el techo me hacía sobresaltar; cada crujido de la madera me devolvía a ese cuarto donde había quedado tendida, rota, sin voz.

Me giraba de un lado a otro en la cama, pero el sueño no llegaba. Rosa estaba sentada en el
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