Al ver que Celia guardaba silencio, César se inclinó ligeramente hacia ella, apoyando la sien en una mano.
—Podrías dejarme ayudarte.
Ella se sorprendió y parpadeó, como si estuviera evitando algo.
—¿Ayudarme en qué?
—En lo que sea.
Celia lo miró, arrugando el entrecejo.
—Habrá condiciones, ¿cierto?
Los ojos de César brillaron levemente, con una sonrisa tenue.
—Las hay, sí. Pero las condiciones dependen de ti.
Varios días después, la culpable de haber falsificado el accidente de Águila se entreg