Paulo sentía un dolor agudo en la muñeca, pero el aura que emanaba ese hombre dejaba claro que no era alguien con quien meterse. Apretó los dientes con frustración.
—Señorita Rojas, más te vale pensarlo bien. ¿De verdad no quieres saber la verdad?
Celia le respondió con calma:
—Los asuntos de la familia Rojas no requieren su preocupación.
—¡Tú…!
—¿No escuchaste lo que dijo? —El hombre enmascarado lo miró con frialdad. Su voz sonaba cargada de una amenaza implícita—. ¿O acaso necesitas que te aco