César iba a apartar la mirada, pero al escuchar su tono de no querer verlo, cambió de idea de repente. Se acercó cada vez más y la examinó de reojo de arriba a abajo.
—Esta es mi casa, y cuando quiera regresar, puedo hacerlo.
Celia enseguida trató de esquivarlo, pero él la atrajo hacia su abrazo. Su cabello húmedo se pegaba a su piel blanca, y esos ojos cristalinos, ahora asustados, la hacían ver aún más frágil y encantadora.
Él acarició con ternura aquel lunar con sus yemas ardientes. Sin dars