Una de las enfermeras no pudo contener la risa. Le dijo a César sonriendo:
—Señor Herrera, es hora del desayuno. En un rato, le toca la perfusión.
César asintió levemente y miró hacia Celia. Ella volvió la cabeza, negándose a mirarlo. Él se rio con impotencia y luego salió de la habitación. Después de que todos los demás se fueron, Lía se acercó a Celia y le preguntó en voz baja:
—Celia, ¿ya hicieron las paces con mi primo?
—No.
—¿Entonces por qué ustedes durmieron juntos?
Celia se rio con exasp