Los dedos de Carlos temblaban. Deseaba con todas sus fuerzas liberarse de las ataduras de su propio cuerpo y gritarle una refutación, pero solo podía quedarse con los ojos enrojecidos, emitiendo sonidos guturales y ahogados desde su garganta.
A Sira le encantaba verlo sufrir. Al mismo tiempo, imaginó la expresión de dolor que tendría Celia. Al pensarlo, una oleada de placer la inundó. En ese momento, liberó el freno de la silla de ruedas. En la ligera pendiente, ¡la silla comenzó a deslizarse le