Celia se quedó quieta, mirando esos ojos profundos y sintió un poco de culpa.
—Señor Herrera, ella misma lo dijo, que no te ama… —Celiana se regodeó.
—¡Cállate! —gritó César con los ojos enrojecidos, emanando un aura gélida—. ¡Y lárgate!
Ella se estremeció, tomó la tarjeta de la mesa y salió corriendo del salón, temiendo que, si se demoraba un segundo más, moriría allí.
Celia apretó los labios, evitando la mirada desolada de César. Él se detuvo frente a ella y soltó una risa ahogada, llena de am