Celia estaba atrapada entre su pecho y el vidrio, sin escape posible. La toalla solo cubría la mitad de su cuerpo; en la piel expuesta, sentía un frío penetrante que la hacía temblar.
—¿Acaso no es así? ¿Sira no es suficiente para ti en la cama? A ti no te importa ensuciarte, ¡pero a mí sí me da asco! —gritó ella, desesperada.
La expresión de César se volvió oscura. Guardó silencio. Ella nunca lo había rechazado así antes.
Celia respiraba con dificultad. Su cuerpo ya estaba empapado y, en sus br