La oscuridad nocturna envolvía la ciudad. A través de los cristales, las luces cálidas del restaurante se fundían con los tonos fríos de la calle, creando una atmósfera de ensueño hermoso.
Celia y Alfredo ya habían terminado su cena agradable. Ella hizo una seña al mesero para pedir la cuenta.
—Esta vez no hubo engaño —comentó Alfredo, entrelazando sus dedos bajo el mentón con una sonrisa satisfecha—. Cumplí mi promesa de dejarte pagar.
—Quedé satisfecha —respondió ella, correspondiendo a su son