—Señor, ¿no conoce el orden de llegada? —preguntó el señor Navarro con una sonrisa.
—Lo conozco —respondió Andrés impasible—, pero creo que la elección debería ser de la dama.
Su respuesta dejó a todos sin palabras.
Andrés ignoró al señor Navarro, concentrando su mirada en Sonia. Sus ojos, normalmente serenos como un lago, ahora parecían contener corrientes subterráneas apenas controladas.
Sonia apretó inconscientemente la mano que mantenía a su costado.
Después de un momento, sonrió y colocó su