La sala de espera del servicio de urgencias del hospital estaba envuelta en una atmósfera asfixiante aquella noche. El penetrante olor a desinfectante no lograba calmar la tensión que consumía a Alan Shearer. El hombre caminaba de un lado a otro frente a las puertas dobles de cristal, cerradas herméticamente, con su camisa gris manchada por la sangre seca de Cassandra.
El tiempo se había convertido en una auténtica tortura desde que Alan recibió la llamada de emergencia de uno de sus guardaespa