La respiración agitada comenzó memez a calmarse lentamente en la cabina trasera del Mercedes negro que avanzaba cortando las congestionadas calles de la capital. El beso forzado, que por un instante se había transformado en una entrega llena de sumisión, llegó a su fin poco a poco. Devatra apartó el rostro tácticamente, dejando apenas unos centímetros de distancia entre ambos. Sus ojos, oscurecidos, clavaron la mirada directamente en las pupilas castañas de Cassie, que ahora brillaban empañadas