Capítulo 16
Después del almuerzo, Alejandro decide llevar a María a conocer más de la granja. El tiempo era agradable, el sol suave. La llamó en el porche, mientras los empleados volvían al trabajo.
— ¿Vamos a dar un paseo? Quiero mostrarte algo especial —dijo él, ofreciéndole la mano.
María sonrió, un poco tímida, y aceptó.
Caminaron uno al lado del otro por los campos. La plantación de fresas parecía una alfombra roja a lo lejos. Pasaron por el huerto, por las cercas de madera que limitaban el pasto, y llegaron a un lago escondido entre los árboles.
— Este es mi lugar favorito —dijo Alejandro, mirando el agua cristalina—. Vengo aquí cuando quiero pensar u olvidarme del mundo.
María se detuvo a la orilla del lago, encantada. El sonido de los pájaros y la suave brisa completaban el escenario.
— Es precioso... —dijo ella, con la voz casi en un suspiro.
Alejandro la observó un instante, como si grabara ese momento en su memoria. Entonces, se acercó, tocando delicadamente su mano.
— Marí