Capítulo 47
El monitor cardíaco sonaba con lentitud, marcando el compás frágil de la vida que se escapaba. En la habitación silenciosa y sombría, la respiración de Geraldo era mantenida por aparatos. El médico jefe acababa de salir después de una reunión con el equipo.
—No pasa de esta noche —comentó uno de los residentes, con voz grave, al lado de la puerta—. El cuerpo está entrando en falla múltiple.
Allí dentro, dos enfermeros ajustaban la medicación con cuidado.
—Y pensar que este tipo era un bravucón —dijo uno de ellos, en voz baja—. Golpeaba a su esposa, vivía como quería… y ahora se está muriendo.
—La vida cobra —respondió el otro, revisando los signos vitales—. Y a veces, cobra caro.
Los pasillos del hospital estaban vacíos en aquella madrugada; solo se escuchaban los sonidos distantes de las máquinas y pasos apresurados. En la habitación 312, el tiempo parecía haberse detenido.
El monitor cardíaco de Geraldo comenzó a desacelerar. Los pitidos rítmicos se volvieron espaciados,