Aimunan
La voz de la alarma en mi mente me gritaba que huyera, pero mis pies estaban clavados al suelo. Él parpadeó lentamente, como si intentara enfocar su mirada en mí, y una sombra de confusión cruzó sus ojos.
—¿Qué dices? Yo no...—su voz sonaba pastosa, arrastrando las palabras.
—Dime algo, hueles a alcohol —Mi voz temblaba, pero me mantuve firme—. Alguien te drogó, Alexander. Tienes que pensar. ¿Estuviste con alguien? ¿Bebiste algo que no era tuyo?
Se tambaleó, apoyándose en la