Aimunan
El silencio de Alexander era más aterrador que cualquier grito. No me devolvió el saludo; se limitó a observarme con una fijeza que me hizo preguntarme si el ritual de protección de los antiguos sería suficiente para salvarme de la furia de mi jefe.
—Señor Lee, es un gusto verlo nuevamente —intervino el anciano, rompiendo la tensión—. Es mi culpa que la joven esté aquí sin su permiso. Por favor, no se desquite con ella.
—No se preocupe, Don —respondió Alex con una voz que parecía lija—. No quisiera que mi personal les causara más molestias.
—Al contrario, ella es más que bienvenida. Está en su casa.
—Si no hay nada más, nos retiramos —sentenció él.
Me tomó del brazo con una firmeza que rozaba la posesión y me guio hacia el Jeep. Lo acompañaba uno de los biólogos que, bajo la luz de las linternas, parecía más un guardaespaldas que un científico. Durante el trayecto, el silencio fue absoluto. Intenté buscar las palabras para explicarme, pero una sola mirada de Alex,