Al día siguiente, la capital se despertó con el inconfundible sonido del metal y las voces graves. Las tropas se preparaban, no con el bullicio habitual de un desfile, sino con una seriedad sombría. La amenaza de las Estringe se cernía sobre todos, y la urgencia de proteger los pueblos fronterizos, esos que se abrazaban al denso abrazo del bosque, era palpable en el aire frío de la mañana. Era ahí, en la frontera entre la civilización y lo salvaje, donde la oscuridad acechaba con mayor probabil