Nadie se movió.
Eso fue lo primero que lo hizo real.
No el silencio. No la presión. Ni siquiera la forma en que el aire parecía contener la respiración.
Fue la quietud.
Dos lados.
Un espacio.
Y nadie eligiendo romperlo.
No me di cuenta de que había dejado de respirar hasta que el pecho se me tensó y me obligó a hacerlo de nuevo. Mis dedos se cerraron ligeramente sobre las riendas, aferrándome a algo sólido, algo real, mientras alzaba la mirada otra vez hacia el claro.
Y entonces—
Lo vi.
No con