Nos detuvimos.
No porque lo decidiéramos.
Sino porque algo en el mundo frente a nosotros se negó a dejarnos continuar como estábamos.
Al principio no era visible. No había muros, ni una obstrucción repentina, ni una amenaza clara alzándose desde el suelo para bloquear nuestro camino. El bosque seguía en pie. El aire aún se movía. La luz todavía se filtraba entre las ramas en líneas quebradas sobre la tierra.
Pero todo se sentía… mal.
Demasiado quieto.
Demasiado deliberado.
La ausencia de sonido