Capítulo treinta

Nadie dio la orden.

Ni Alaric. Ni Sullivan.

Y aun así—

Nos movimos.

No hacia adelante.

No hacia atrás.

Más cerca.

Como si el espacio mismo hubiera cambiado bajo nosotros, atrayéndolo todo hacia adentro sin preguntar, sin advertir, sin permiso.

La presión se intensificó.

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