Mateo
Mi madre no me abrazó.
Le puse el dinero en la mano y sus dedos se cerraron con rapidez... Tal vez temiendo de que cambiara de opinión.
—No necesito tu caridad —dijo, sin levantar la mirada.
—No es caridad. Es lo que me pagaron por enlistarme.
Ella mantuvo los ojos clavados en el suelo. Su delantal tenía una mancha. Una hebra de su cabello se movía con el viento que entraba por la ventana abierta.
—Con eso podrás pagar las deudas —agregué—. Y cuidar a Juan.
No dijo nada durante unos segun