Izel
El humo del copal subía lento, como una serpiente blanca que trepaba al cielo.
El canto de los tambores era bajo y constante.
Una oración sin palabras que repetíamos desde el pecho, no desde la boca.
Éramos siete, reunidos alrededor del altar de piedra, con los rostros pintados y los pies descalzos sobre la tierra caliente.
Rezábamos por el equilibrio.
Por la lluvia justa.
Por la salida del sol.
Por los muertos.
Por los que aún no nacen.
Por los que estaban aquí.
Y en medio de todo eso…