Izel
No estaba dormida.
El cielo estaba despejado aquella noche. Desde mi habitación, podía verlo. Sereno, tranquilo, luminoso... cómo si estuviera anunciado un milagro.
Me recosté en los tapetes, los brazos cruzados bajo la cabeza, y observé las estrellas con la misma reverencia con la que otros observan los códices.
Una brisa tibia entraba por la abertura de la pared. El aire olía a piedra caliente y a humo lejano.
Sentí su presencia antes de que su voz llegara.
"¿Estás despierta, Lumbre?"
So