Mateo
Nos dieron una casa de madera cerca de la muralla.
Compartida, sin ventanas, con techo de palma y olor a sudor viejo.
Aún así, después del barco, parecía un lujo. En nuestra habitación había camas de paja, un cántaro de agua caliente y una mesa rota.
Hugo tiró su bolsa al suelo y se dejó caer como si la tierra fuera de plumas.
—Podría morir aquí mismo y morir feliz —dijo, cerrando los ojos.
Yo no.
A mí me costaba respirar.
La ciudad no tenía alma.
Solo polvo, paredes mal construidas y