Capítulo 38 — Nadie me hace dudar, Nadia.
El motor rugía a todo lo que daba, devorándose la carretera oscura por completo.
Kilian conducía con una mano, agarrando el volante con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto tan blancos como el papel.
La velocidad a la que íbamos era una total locura, las líneas amarillas se fundían en una sola a nuestro paso.
Mierda, Kilian.
—¡Maldita sea, Nadia! —gritó, lleno de furia y golpeando el volante varias veces—. ¡Podría haberte disparado! ¡Mi dedo estaba en el gatillo, joder!
—¡Ib