El Jeep de Ethan se detuvo frente al edificio de ladrillo rojo del Upper West Side con un chirrido de frenos que delataba la urgencia del momento.
No apagó el motor de inmediato. Se giró hacia Lilly, que estaba en el asiento del copiloto, retorciéndose las manos sobre su regazo, pálida y visiblemente aterrorizada.
—Escúchame. Cuando entremos, no quiero que tengas miedo. Ella no te va a juzgar. Luciana valora la lealtad, y lo que hiciste hoy... venir a buscarme, advertirnos... eso es lealtad.
Lilly asintió.
—Solo espero que no sea demasiado tarde.
Subieron las escaleras rápido. Ethan abrió la puerta del apartamento.
La escena que encontraron era de una normalidad desgarradora.
Luciana estaba sentada en el suelo de la sala, con las piernas cruzadas sobre la alfombra, intentando desenredar unas luces navideñas. Llevaba unos leggings negros y un suéter gris de Ethan que le quedaba tres tallas más grande.
—Llegas temprano, el café está...
La frase murió en sus labios. Sus ojos verdes se ab