El mundo de Luciana se redujo a dos certezas aterradoras: la pared fría de mármol contra su espalda y el aliento de Damian Cross, demasiado cerca, invadiendo su espacio vital con olor a whisky y amenaza.
—Este es mi castillo, Luciana —repitió él, su voz bajando a un susurro íntimo que le erizó la piel—. Y tú acabas de convertirte en la reina prisionera.
Luciana apretó el teléfono contra su pecho, sintiendo cómo vibraba con los mensajes de Stefan, brillando como una línea de vida en la oscuridad.