El mundo de Luciana se redujo a dos certezas aterradoras: la pared fría de mármol contra su espalda y el aliento de Damian Cross, demasiado cerca, invadiendo su espacio vital con olor a whisky y amenaza.
—Este es mi castillo, Luciana —repitió él, su voz bajando a un susurro íntimo que le erizó la piel—. Y tú acabas de convertirte en la reina prisionera.
Luciana apretó el teléfono contra su pecho, sintiendo cómo vibraba con los mensajes de Stefan, brillando como una línea de vida en la oscuridad. "Voy para allá. No dejes que te toque." Las palabras palpitaban en su mente con la urgencia de un tambor de guerra, pero la realidad física era más simple y terrible: Stefan podía estar viniendo, pero ella estaba aquí, ahora, atrapada.
—Nadie entra aquí sin mi permiso —continuó Damian, plantando su mano en la pared junto a la cabeza de ella, creando una jaula de carne y hueso.
Sus ojos grises la recorrían con una posesividad analítica que hacía que su estómago se retorciera. No era el deseo sal