La calle era adoquinada; la luz, ámbar.
No la luz artificial de los restaurantes que decoran con intención de parecer íntimos. La luz real de las farolas del West Village a las ocho de la noche de un miércoles de abril, que entraba desde la calle a través de los ventanales y se mezclaba con el interior sin que nadie lo hubiera planificado y que resultaba, por eso mismo, más honesta que cualquier decoración.
Julian Hayes había elegido el restaurante con ese criterio específico.
No el más conocid