Mary Harrington hacía el café a las siete de la mañana.
Todos los días. Desde hacía treinta y dos años.
No era una rutina en el sentido de algo que se repite por inercia. Era una práctica en el sentido de algo que se hace con intención, que se ha depurado con el tiempo hasta quedarse solo con lo esencial, y que tiene la dignidad específica de los actos que una persona ha elegido voluntariamente durante suficiente tiempo como para que ya no sea elección sino identidad.
La cocina de la mansión St