La Confesión de un Corazón Roto
La pregunta cayó como ácido sulfúrico en medio de la sala, quemando el poco oxígeno que quedaba.

Ethan no respondió. Su mente, una tormenta nublada por el whisky barato y el dolor crónico, viajó en un parpadeo a la noche del callejón. Recordó la fiebre de Luciana quemándole la piel a través de la ropa, su cuerpo temblando contra el suyo en la cama, y la sombra maldita de Stefan Vanderbilt que Robbie acababa de invocar como un demonio en un exorcismo.

El silencio se estiró hasta volverse insoportable.

Robbie, harto de ver a su amigo convertido en un cadáver viviente, golpeó la mesa con la palma de la mano. El sonido hizo saltar los vasos. Sabía que Mia estaba desesperada por una oportunidad, y él había decidido que esa noche Ethan iba a olvidar a la heredera, por las buenas o por las malas.

—Si no respondes —sentenció Robbie, cambiando las reglas con una crueldad calculada—, se convierte en reto. Y el reto es besar a Mia.

Se inclinó sobre la mesa, desafiante.

—Un beso de verdad, Ethan.
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