La pregunta cayó como ácido sulfúrico en medio de la sala, quemando el poco oxígeno que quedaba.
Ethan no respondió. Su mente, una tormenta nublada por el whisky barato y el dolor crónico, viajó en un parpadeo a la noche del callejón. Recordó la fiebre de Luciana quemándole la piel a través de la ropa, su cuerpo temblando contra el suyo en la cama, y la sombra maldita de Stefan Vanderbilt que Robbie acababa de invocar como un demonio en un exorcismo.
El silencio se estiró hasta volverse insoport