La puerta de acceso directo casi nunca se abría desde el otro lado.
Esa era la regla no escrita que ambos habían construido sin declararla: Jerome usaba el interno del teléfono, o golpeaba con los nudillos la puerta principal, o esperaba a que fuera Luciana quien cruzara hacia su despacho cuando necesitaba algo. La puerta comunicante existía como posibilidad, como promesa de acceso inmediato en caso de emergencia, pero en la práctica permanecía cerrada con la discreción de los límites bien traza