La mansión Sterling se sentía diferente a esa hora de la madrugada. No era solo el silencio. Era la manera en que el silencio parecía tener peso.
Luciana había cerrado el trato de trescientos cuarenta millones unas horas antes. Había dicho las frases correctas, sostenido la mirada de hombres que no perdonaban titubeos, sonreído con esa calma de acero que aprendió a usar como armadura. El contrato estaba firmado. Los correos de felicitación seguían entrando. La junta la había mirado con respeto.