Londres lo recibió con su habitual cortesía: una llovizna helada y gris que difuminaba los contornos de los edificios victorianos de Kensington. Diez días habían pasado desde que Ethan desapareció, y con ellos, cualquier rastro claro de su paradero.
Richard Vanderbilt bajó del Bentley negro, rechazando el paraguas que su chofer le ofrecía. Quería sentir el frío. Le recordaba que estaba lejos de su zona de confort, lejos de Nueva York, en territorio neutral.
Neutral no por inocente, sino por inv