Eran las diez y media del domingo y la suite del Plaza olía a café y a flores cortadas y a esa clase de mañana que solo existe el día después de una boda: lenta, dorada, con los bordes ligeramente imprecisos de las cosas que han salido exactamente como debían.
Lilly estaba en el sofá con las piernas recogidas y una taza en ambas manos y la certeza tranquila de que este momento —este específico, con la luz de mayo entrando oblicua por las ventanas y Freddy al otro extremo del sofá con el periódi