Mary Harrington supo que Luciana se había ido antes de llegar al segundo peldaño, y supo también que esta vez no se trataba de una huida menor.
No era el silencio. La mansión Sterling siempre tenía silencio a las siete de la mañana, incluso cuando Luciana estaba dentro: esa clase de quietud particular de las casas grandes que han aprendido a contenerse. Era otra cosa. Una ausencia con temperatura propia, como la diferencia entre una habitación que nadie ha ocupado en semanas y una habitación qu