Luciana condujo de regreso a casa con el piloto automático encendido, no solo en el auto, sino en su propia alma. Su mente, traicionera y cruel, reproducía dos escenas en un bucle de tortura infinita: la imagen pixelada de Ethan besando a Isabelle y el momento en la oficina de Stefan, cuando su cuerpo casi traiciona a su mente y se rinde ante el enemigo.
Aparcó en el garaje subterráneo de la mansión. El silencio del motor apagado cayó sobre ella como una losa de mármol. Su teléfono vibró sobre e