Luciana apagó el motor de su auto en el nivel más profundo del estacionamiento subterráneo, pero no salió. El silencio del lugar era sepulcral, solo roto por el zumbido lejano de la ventilación y su propia respiración entrecortada.
Se quedó allí, petrificada, con las manos aferradas al volante con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.
Inspiró profundamente. Al levantar la vista hacia el espejo retrovisor, la imagen que le devolvió el cristal fue una bofetada de realidad: ojos inyect