Mary Harrington no asistía a galas.
Era una postura que había sostenido durante cuarenta años con la consistencia tranquila de alguien que no necesita justificar sus preferencias: los eventos de beneficencia con dress code, cuarteto de cuerda y subasta de arte al final le parecían la manera más cara y menos eficiente de hacer lo que también podía hacerse con una transferencia bancaria y dos horas libres un martes.
Lo había dicho así, exactamente así, cuando Luciana la llamó.
Luciana había escuc