La Dra. Reeves tenía el consultorio en el cuarto piso de un edificio de Riverside Drive.
La ventana daba al Hudson.
No era un ventanal espectacular ni una postal deliberada de Manhattan. Era, simplemente, una ventana grande con el río detrás: gris, ancho, sin prisa, moviéndose en la dirección que le correspondía sin consultarle a nadie. Había algo en esa falta de urgencia que a Luciana siempre le resultaba ofensivo y tranquilizador al mismo tiempo.
Llegó cinco minutos tarde.
Algo inusual, siemp