Domingo, 6:47 AM.
El día iba a destruirlo. Stefan aún no lo sabía.
El motor del Aston Martin plateado rugió al detenerse frente a la casa de campo. La construcción modesta de dos pisos en las afueras de Manhattan parecía una burla visual: jardines impecables que María mantenía como si todavía trabajara para los Vanderbilt, como si el destierro de su hija nunca hubiera ocurrido.
Stefan apagó el motor y se ajustó las gafas de sol. Las lentes oscuras eran su única defensa para ocultar las ojeras de