Siete días.
Habían pasado exactamente ciento sesenta y ocho horas desde que el nombre de los Sterling volvió a brillar en lo alto de la pirámide de Manhattan, libre de la mancha de Damian Cross. Siete días desde que recuperó su legado, su empresa y su seguridad financiera mediante una ejecución corporativa que ya era leyenda en los círculos financieros de la Quinta Avenida.
Stefan Vanderbilt se había convertido en un fantasma digital.
Luciana no se sentía eufórica ni victoriosa; el dolor inicial de su partida repentina se había oxidado con una rapidez aterradora hasta convertirse en un resentimiento corrosivo. Se sentía usada y desechada. No tenía la menor idea de que su estabilidad actual era el resultado de un pacto de sangre y un exilio forzado; para ella, Stefan simplemente se había cobrado su premio en su cama y luego había huido a Tokio para cumplir con su "deber de heredero", dejándola atrás para recoger los escombros emocionales de su propia vida.
Esa mañana, Luciana no vestía