Selene se retorcía las manos en la silla del despacho del gerente.
Su esperanza se veía absorbida por ese lugar frío de paredes de un gris opaco.
Con su carpeta desgastada sobre las piernas,se sentía aún más pequeña a medida que el gerente hablaba.
—No, señora —respondió el gerente.— Con voz cortante como una cuchilla—. Lo siento mucho, pero esto no es una institución de caridad. Además, esta suma es demasiado elevada.
Las palabras de él resonaron en sus oídos como campanas fúnebres, ahogando