El cielo se oscureció como si alguien hubiera derramado tinta sobre un lienzo azul. Las nubes, densas y amenazantes, se arremolinaban sobre la casa de mis padres mientras el viento comenzaba a silbar entre los árboles del jardín. La reunión familiar —esa tortura disfrazada de domingo tradicional— estaba llegando a su fin, y yo no podía estar más agradecida.
Mi madre, con esa sonrisa tensa que reservaba para las situaciones incómodas, servía café en la sala mientras mi padre observaba a Thomas c